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La otra cara de la acogida de refugiados en Cataluña Destacado

By Nuria Vila y Rachid el Younoussi Febrero 05, 2018
La otra cara de la acogida de refugiados en Cataluña N.V. para TalQual. Media

Una familia de refugiados sirios recién llegada a Manresa critica el trato que reciben en el centro de acogida y las dificultades para conseguir un tratamiento ocular para su hija, que está perdiendo visión

 Khaled y su familia llegaron a Manresa el 1 de diciembre de 2017 con la expectativa de recibir un tratamiento ocular para su hija. “Mi hija tiene problemas en los ojos, la tienen que operar”, cuenta en una mañana fría en el centro de Manresa, su nuevo hogar. Tras unos años refugiados en Líbano, este padre de familia originario de Hama explica que confiaban que en España podrían encontrar una cura médica que permitiera a su hija parar la pérdida de visión. “Vinimos con el compromiso de Naciones Unidas de que mi hija sería tratada aquí, pero no le han hecho nada”. Si hubiesen imaginado que aquí su hija no sería tratada, no habrían abandonado Líbano, donde mantenían una vida autónoma con su propio hogar y trabajo desde 2011, cuando estalló la guerra en Siria. “En Líbano no encontramos la forma de tratar a mi hija”, explica ahora. Además de no haber conseguido ningún avance, la familia –formada por el padre, la madre, dos hijos y una hija- se ha encontrado en Manresa con una realidad que no se podía imaginar.

“Vivimos como en régimen de cárcel. La comida no se puede ni comer, pero obligan a los niños a comer, y sino no tienen postre”, cuenta Khaled sobre el centro de acogida situado en la Llar Sant Joan de Déu, bajo la tutela de la Fundació Germà Tomàs Canet, donde tienen que estar los primeros seis meses tras llegar a España. Por ahora, 18 sirios y 8 venezolanos comparten el centro. Para la madre, la cuestión de la comida es básica: “Sufro cuando veo que mis hijos no quieren comer la comida que les dan en el centro. Al mismo tiempo, no puedo comprarles comida por mi cuenta porque no tenemos dinero”.

Sus quejas son numerosas: tras dos meses y medio pidiendo en las reuniones semanales con la administración del centro mejoras en su situación, finalmente se lanzaron a llevar a cabo una huelga de hambre junto a otros compañeros. “Pedimos mejorar la comida, tener internet para hablar con nuestros familiares y recibir algún dinero para comprar ropa”. Los 50€ al mes que recibe cada adulto, junto a 19€ los niños, no es suficiente para cubrir los costes. “Los educadores sociales se portan bien, pero las normas son de una cárcel. Somos refugiados, no prisioneros”, subraya Khaled. Sus hijos acuden a una escuela donde, según Khaled, no existe un plan de integración, ya que la clase se imparten directamente en catalán. “Mi hijo mayor dice que si no fuera por los marroquíes que hay en clase, no entendería nada”. Además, “el médico ha encontrado problemas de salud en mi hijo e hija. El médico nos ha dado un papel con la comida que deben comer, pero no nos han hecho ni caso”, lamenta.

Las conversaciones en el centro de acogida, además, se llevan a cabo mediante traductores marroquíes, un hecho que dificulta la comunicación, ya que el dialecto sirio o marroquí del árabe es muy distinto. Cuando han tratado de quejarse por su situación, “la administración nos dice que es nuestro problema”. Las dificultades que viven son tales que un grupo de 10 sirios escaparon del centro para desplazarse a Alemania.

¿Acoger más o mejor?

Frente a la situación que denuncian algunos refugiados residentes en Cataluña, surge el interrogante sobre la calidad en la recibida de refugiados. Hasta ahora, entidades y administraciones catalanas han puesto a disposición de los refugiados un total de 1.845 plazas –de las cuáles hay 1.195 en pisos y 650 en equipamientos residenciales. Un total de 1.116 estaban ocupadas en 2017 mediante el programa estatal de acogida, frente a las 495 que había el año anterior y las 28 de 2015, según cifras que dio a conocer a principios de febrero de 2018 el secretario de Igualdad, Migraciones y Ciudadanía de la Generalitat, Oriol Amorós.

“Nos hemos dado cuenta de que somos un grupo de gente abandonada”, lamenta Khaled, recordando todas las dificultades a las que se enfrenta a día de hoy. “He perdido la confianza en las administraciones de aquí. Pido reunirme urgentemente con la ONU”, añade. Pensando en el futuro, Khaled contempla tres opciones distintas. “Primeramente, tenemos que resolver los problemas de visión de mi hija”. En segundo lugar, “queremos volver a Siria” en caso que la situación mejore. Como última opción, “nos vamos a establecer en España, si no vemos alternativa”, explica Khaled, aunque el destino de él y su familia, truncado por una guerra inhumana, no está nada claro.

 

 

 

 

 

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