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La historia de los niños en Alpo contada por la doctora Esrra Khalaf de UNICEF Destacado

By Esraa Al-Khalaf Septiembre 23, 2016
La doctora Esraa en una escuela convertida en refugio de emergencia en el vecindario de al-Zahraa, en Alepo La doctora Esraa en una escuela convertida en refugio de emergencia en el vecindario de al-Zahraa, en Alepo UNICEF/Syria

Los niños de la ciudad de Alepo están creciendo en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Los trabajadores de la salud de Alepo luchan para salvar vidas. La reciente noticia del restablecimiento del cese de las hostilidades da la esperanza de que la violencia se reduzca y de que los niños puedan tener la oportunidad de vivir sin miedo constante, en paz y seguros.

 

Resulta difícil pensar en un día “normal” en Alepo. ¿Cómo podemos vivir con normalidad en medio de esta guerra destructiva? Aun así, seguimos adelante. La mayor parte de los días nos olvidamos de mirar el reloj y de que tenemos que regresar a casa.

Yo estudié medicina aquí y la ciudad se convirtió en mi hogar. Sin embargo, y al igual que la mayoría de sirios, en los últimos años me he desplazado muchas veces.

Antes de la guerra tenía una casa acogedora, pero tuve que huir cuando mi vecindario se convirtió en una zona de conflicto. Regresé a finales de 2013 y la ciudad estaba prácticamente irreconocible. Perdí mi casa y mi clínica privada. Me separaron de mi familia y me mudé varias veces de hotel y de casa. El año pasado, me asenté en una casa en una zona relativamente tranquila, pero tuve que volver a irme con la escalada reciente del conflicto. Ahora estoy viviendo temporalmente con unos amigos.

Me encanta esta ciudad, aunque echo de menos cómo era antes. Echo de menos caminar sola después de media noche y sentirme completamente segura. Echo de menos los paseos que daba durante horas con mis amigos por sus preciosas calles.

Un trabajador de la salud vacuna a un niño
En julio de este año, los aliados de UNICEF en la zona este de Alepo establecieron equipos móviles para distribuir vacunas esenciales para salvar vidas durante la segunda ronda de la campaña de inmunización nacional. Los equipos móviles fueron puerta por puerta para atender a las familias y garantizar que todos los niños recibieran inmunización esencial para salvar sus vidas.

Echo de menos la ciudad vieja y la Ciudadela. Siempre me daba la sensación de que sus piedras hablaban, que les contaban a la gente lo maravillosa que era esta ciudad. Alepo era la ciudad que no dormía.

Trabajo para UNICEF como nutricionista, y mi labor tiene un gran peso en la vida de los niños. Cada día pienso en los niños que 

Conocí a Ali cuando tenía seis meses y sufría malnutrición aguda grave después de haber quedado atrapado en una zona asediada. UNICEF colaboró para evacuarlo y lo tratamos durante ocho meses en los que su salud fue mejorando poco a poco cada día. La sonrisa que se dibujó en el rostro que había llegado cansado y lleno de lágrimas fue la mejor recompensa para mí.

Pero la historia de Ali terminó de forma trágica. Lo mataron cuando solo tenía dos años y bombardearon el vecindario en el que se había refugiado su familia. Nunca olvidaré su sonrisa: cada vez que veo a un niño de su edad, lo veo a él.

Me gusta comenzar temprano la jornada, prepararme física y psicológicamente para el día que me espera. Voy conduciendo por la ciudad viendo la gente que pasa por la calle, preguntándome qué historia tendrán detrás. Tengo las reuniones más importantes a primera hora de la mañana, cuando la ciudad está más tranquila. Después, comienza la acción: hago visitas en el terreno, realizo pruebas, me encuentro con compañeros, organizo tareas pendientes y, lo más importante, atiendo a los niños con todo lo que necesitan.

En Alepo, cada día es un desafío, especialmente desde que se intensificó el conflicto. Nuestra ciudad está dividida entre la zona este y la oeste, y no siempre es posible desplazarse libremente entre las dos. Esta división hace aún más difícil atender a los niños.

De hecho, no hemos podido acceder a la parte este de la ciudad desde principios de este año. UNICEF trabaja para ayudar a los aliados de la zona este a proporcionar atención médica pediátrica y materna, como prevención y supervisión nutricional, tratamiento de la malnutrición y vacunaciones. Aunque yo no puedo cruzar a los vecindarios de la zona este, permanezco en contacto con nuestros aliados. Hemos podido ayudarlos con suministros de emergencia previamente almacenados, tales como tratamientos nutritivos. Aun así, necesitamos obtener libre acceso para poder distribuir suministros y ayudar a los trabajadores de la salud, que se encuentran enormemente presionados.

El conflicto y la violencia han perjudicado a los niños y las familias de toda la ciudad. En las zonas del oeste se están dando problemas de nutrición parecidos, especialmente entre las 35.000 personas desplazadas por el reciente conflicto. Algunas de esas familias viven en centros de socorro instalados en escuelas y mezquitas. Otros duermen en parques o en la calle. Para atender a esas familias, creamos rápidamente nueve clínicas móviles con nuestros aliados. Yo visito a esos niños con frecuencia y trato a los que tienen diarrea. Varios niños tenían Hepatitis A, lo cual es preocupante. El peligro de enfermedades relacionadas con el agua ha aumentado desde que se cortó el suministro de agua de la ciudad a principios de agosto. Un brote masivo sería catastrófico para los niños, y el objetivo de la respuesta masiva de emergencia de agua de UNICEF es prevenirlo.

Sin embargo, se está sobrepasando la capacidad de las instalaciones de salud de la ciudad. Como consecuencia de los daños y la destrucción ocasionados, solo funciona una tercera parte de ellas. Los médicos y demás trabajadores de la salud desempeñan su labor en condiciones extremadamente peligrosas, y muchos han muerto o resultado heridos. Siento un profundo respeto y admiración por todos y cada uno de los médicos de Alepo. Los niños y las familias dependen de ellos. En agosto, visité a un doctor que estaba herido en el hospital, un colega de una de nuestras organizaciones aliadas. Una bomba alcanzó su clínica móvil y tenía trozos de metal hincados en la piel. Me miró y me dijo: “Pase lo que pase, no quiero marcharme de mi ciudad”.

Todos los niños de Alepo tienen una historia. También recuerdo a menudo a Ahmad, de 11 años. Ahmad tiene cáncer y está en el hospital con su madre. El conflicto ha bloqueado la carretera que lleva hasta su hogar.

Ahmad no es más que pellejo y finos huesos. Cuando lo visitamos, le llamó mucho la atención nuestra cámara, pero estaba demasiado débil para sujetarla con sus manos temblorosas. Cuando se le cayó, la expresión que se dibujó en su cara me rompió el corazón. Le di mi celular y le aseguré que era mucho más moderno. Me encanta la fotografía que me hizo y la sonrisa de orgullo que tenía cuando me devolvió el teléfono.

Trabajar en Alepo es un acto de amor y de fe. Uno no permanece en una de las ciudades más peligrosas del mundo a menos que ame el lugar, a su gente y a sus niños. Uno no se queda si no tiene verdadera fe en la humanidad y no siente la obligación de convertir el mundo en un lugar mejor. Tal vez sea una soñadora, pero estoy convencida de que lograremos cambiar la situación.

La doctora Khalaf, nutricionista de UNICEF en Alepo, es doctora en Medicina Pediátrica. Comenzó a trabajar con UNICEF en 2013 como facilitadora de salud y nutrición en Alepo, donde lleva viviendo desde 1998, cuando comenzó sus estudios superiores. Antes de la crisis, Esraa trabajó en hospitales públicos y privados de Alepo y llegó a tener su propia clínica pediátrica. También dio clases en el Hospital Universitario de Alepo. Esraa adora a los niños, motivo por el que decidió dedicar su vida a ayudarlos de cualquier forma posible.

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